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Ver también es entrenar

La Vuelta, tres semanas de ciclismo y las cosas que empiezas a ver cuando miras con atención.

La Vuelta ya comenzó y durante tres semanas vamos a tener muchas horas de ciclismo por delante. Montaña, fugas, sprints, ataques, días en los que parece que no pasa nada y otros en los que todo cambia en unos cuantos kilómetros.



Pero hay algo curioso que ocurre cuando llevas tiempo montando bicicleta: empiezas a ver las carreras de otra manera. Te fijas en quién come antes de una subida, en cómo un equipo empieza a ganar posiciones varios kilómetros antes de que ataque su líder, en quién busca una rueda o en ese ciclista que decide no responder mientras todos los demás parecen acelerar.

También empiezas a notar cosas que antes pasaban desapercibidas. Ese gregario que lleva kilómetros trabajando y desaparece de la transmisión justo antes del momento decisivo. El equipo que de pronto aparece completo al frente del grupo. El corredor que parece no estar haciendo nada cuando, en realidad, está esperando.

No hace falta entender cada táctica ni conocer a todos los corredores para disfrutar de esas pequeñas cosas. A veces basta con prestar un poco más de atención para descubrir que dentro de una carrera están pasando muchas más cosas de las que vemos a primera vista.

Y La Vuelta nos da tres semanas para hacerlo.

La edición de este año recorre 3,275 kilómetros repartidos en 21 etapas, desde Mónaco hasta Granada, con más de 58,000 metros de desnivel acumulado. Hay montaña, contrarreloj, etapas rápidas y suficientes kilómetros para que la carrera que imaginamos hoy probablemente sea muy distinta a la que termine llegando a Granada.

Tadej Pogačar tiene una historia particular con esta carrera. La última vez que participó en La Vuelta fue en 2019, cuando tenía 20 años y apenas comenzaba a hacerse un nombre en el ciclismo profesional. Fue su primera Gran Vuelta: ganó tres etapas y terminó tercero en la general. Siete años después regresa a la carrera donde empezó esa parte de su historia y que, curiosamente, sigue siendo la única de las tres Grandes Vueltas que aún no ha ganado.

Más allá de lo que termine pasando, seguir a alguien como Pogačar también es una oportunidad para fijarse en todo lo que sucede antes de los momentos que terminan en los highlights: dónde se coloca, qué rueda busca, cómo se mueve su equipo a su alrededor, cuándo come, cuándo gasta energía y cuándo simplemente espera.

Porque una carrera rara vez empieza cuando alguien ataca. Muchas veces, lo interesante comenzó varios kilómetros antes.
Y no pasa solamente con Pogačar. Una fuga cambia cuando empiezas a mirar cómo se organizan los relevos. Una subida empieza mucho antes de que se ponga realmente dura, cuando los equipos pelean por llevar a sus líderes adelante. Un corredor que decide no seguir un ataque puede estar tomando una decisión tan importante como quien acaba de lanzarlo. Incluso ese ciclista que desaparece de la transmisión justo antes del momento decisivo quizá acaba de hacer exactamente el trabajo que su equipo necesitaba.

Cuanto más ciclismo ves, y cuanto más ruedas, más familiares empiezan a sentirse algunas de esas situaciones. Y ahí aparece una pregunta interesante: ¿mirar ciclismo también puede enseñarnos algo?

Hay una historia detrás de esa pregunta que vale la pena conocer. En los años noventa, el neurocientífico Giacomo Rizzolatti y su equipo, en la Universidad de Parma, estudiaban la actividad cerebral de macacos cuando encontraron algo particular: algunas neuronas respondían tanto cuando el animal realizaba una acción como cuando observaba a otro realizar una acción similar.
Las llamaron neuronas espejo.

Años después, las investigaciones sobre cómo observamos los movimientos en humanos encontraron algo todavía más interesante para quienes practicamos un deporte: la experiencia que tenemos haciendo algo también parece influir en la manera en que lo vemos.

En 2005, Beatriz Calvo Merino y su equipo hicieron un experimento con bailarines de ballet, expertos en capoeira y personas sin experiencia en ninguna de las dos disciplinas. Mientras observaban diferentes movimientos, midieron su actividad cerebral y encontraron que ciertas áreas relacionadas con el movimiento respondían más cuando los expertos veían acciones que ellos mismos sabían ejecutar.

Dicho de otra manera: cuando conoces un movimiento desde dentro, también empiezas a verlo de otra manera.

Y ahí es difícil no pensar en ciclismo.

Después de suficientes horas sobre una bicicleta empiezas a reconocer una cadencia que cambia, a alguien que está sufriendo para mantener una rueda o ese momento en el que el ritmo del grupo empieza a subir aunque todavía nadie haya atacado. Son pequeñas señales que probablemente significan mucho más cuando alguna vez las has sentido en tus propias piernas.

Eso no significa que ver tres semanas de La Vuelta desde el sofá sustituya salir a entrenar. Ojalá. Pero sí hace que la idea detrás de ver también es entrenar sea bastante más interesante.

Al final, no todo lo que aprendemos sobre ciclismo ocurre mientras pedaleamos. Algunas cosas las aprendemos siguiendo una rueda. Otras, escuchando a alguien que lleva muchos más kilómetros que nosotros, equivocándonos en una carrera, haciendo preguntas en el taller o compartiendo un café después de una rodada. Y algunas llegan simplemente después de pasar suficientes horas viendo este deporte que tanto nos gusta.

Durante las próximas semanas tendremos muchas horas de La Vuelta para seguir descubriendo. Y si quieres ver alguna etapa acompañado, el café está listo en Santa Fe y Polanco.

Quizá entre una etapa, una conversación y otro café terminemos descubriendo algo que después pongamos en práctica en nuestra próxima rodada.

Ver también es entrenar.

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